¿Cuánto tiene que aguantar un ciudadano para que un presidente entienda que está harto?
Hoy han vuelto a sonar los pitos, abucheos y insultos contra Pedro Sánchez.
Durante el desfile del 12 de octubre, parte del público le ha recibido con abucheos. Y no, el descontento no desaparece porque haya una tribuna, cámaras de televisión y un desfile militar de fondo.
Puedes intentar taparlo con protocolo. Con sonrisas. Con discursos cuidadosamente preparados.
Pero el cabreo de la calle no se silencia con una alfombra roja.
Porque una cosa es lo que se ve en televisión. Y otra, bastante más cara, es lo que se vive a final de mes.
Mientras el Gobierno presume de sus logros, hay autónomos haciendo malabares para pagar impuestos, trabajadores mirando la nómina con cara de funeral y familias que ya no saben de dónde recortar para llenar la nevera.
La compra no espera a que termine la rueda de prensa.
El alquiler no acepta promesas electorales como forma de pago.
Y Hacienda no te perdona porque estés cansado de la política.
La gente se harta cuando siente que le toman el pelo. Cuando escucha explicaciones para todo, pero no encuentra soluciones para lo suyo. Cuando ve una nueva polémica, sospechas de enchufismo, controversias sobre presuntos casos de corrupción y pactos que parecen diseñados para que los de arriba sigan arriba.
Las responsabilidades deben demostrarse donde corresponde. Pero la responsabilidad política también tiene una pregunta muy sencilla:
¿Vives mejor que hace unos años o cada mes te cuesta más llegar al mismo sitio?
Y aquí viene lo mejor.
En Euskadi algunos creen que estamos protegidos de todos los disparates que llegan de Madrid. Que nuestro Concierto Económico nos convierte en una isla. Que la foralidad es una especie de escudo mágico contra los errores políticos.
Ojalá.
Porque el autónomo vasco también paga facturas. El trabajador también ve cómo se le escapa parte de la nómina. Y cualquier euro público mal gestionado es un euro que no aparece por arte de magia.
Sale de algún sitio.
Y ese sitio suele ser el bolsillo del contribuyente.
También crece el malestar cuando muchos ciudadanos perciben que se habla más de las prioridades del Gobierno que de las necesidades de quienes llevan años trabajando y sosteniendo los servicios públicos. Cuando creen que hay una alfombra roja para unos mientras a ellos les exigen paciencia, sacrificios y más esfuerzo.
No se trata de enfrentar a personas por su origen. Se trata de exigir reglas claras, prioridades razonables y el mismo respeto para todos.
Porque la solidaridad no puede convertirse en una excusa para ignorar a quien paga la cuenta.
¿Y la sonrisa de superioridad?
Esa es otra historia.
Un presidente no tiene que gustarle a todo el mundo. Ni mucho menos. Pero debería entender que ocupar la Moncloa no le convierte en dueño del país ni le da derecho a mirar por encima del hombro a quienes le pagan el sueldo.
Los ciudadanos no son figurantes de un desfile.
No están ahí para aplaudir cuando toca y callarse cuando llegan los problemas.
Y los pitos, por sí solos, no demuestran que todo un país piense igual. Pero sí recuerdan algo que algunos políticos parecen olvidar: la confianza no se decreta y el respeto no se impone por protocolo.
Se gana.
Porque los abucheos duran unos minutos.
La hipoteca dura décadas. La factura de la compra llega cada semana. Y los impuestos se pagan todo el año.
Al final, puedes intentar esquivar los pitos entrando más tarde en el coche oficial. Lo que no puedes esquivar eternamente es la factura del descontento.
Y esa, señor Sánchez, no se paga con una sonrisa ante las cámaras.
Se paga dando explicaciones, asumiendo responsabilidades y demostrando resultados.
Porque mientras unos desfilan por la alfombra roja, otros desfilan cada mes por la cuesta arriba de llegar a fin de mes. Y esos también tienen voz.
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